Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2006.
04/07/2006
Pac-man a la mexicana
Acabo de ver un video llamado "Pac-man a la mexicana". Es buenísimo.
El fin del mundo

Las hormigas regresaban al hormiguero después de un día de trabajo. Las gotas regresaban a la nube después de espiar a las hormigas.
Las hormigas no sabían que, mientras ellas dormían, en las nubes se planeaba el fin del mundo.
A las ocho de la mañana del día siguiente el cielo caería sobre el hormiguero.
05/07/2006
Ave australiana imita todo lo que escucha
Vía ALT1040 veo un video muy interesante. Se trata de un pájaro australiano que imita sonidos de otros pájaros, incluso sierras, sirenas y cámaras fotográficas.Mic & Mac. Una historia de amor
06/07/2006
Injusticia
No es justo. La manera en que el candidato del PAN se impone como presidente de la República Mexicana es de lo más repugnante. Sabiendo que no había otra forma de ganar, a recurrido a modificar datos con el software que se utiliza para el conteo de votos.
Todo mundo sabe que es de su cuñado la empresa que hizo ese software y, cualquiera que sepa un poco de programación, sabe que con un poquito que se cambie el código es fácil que se pasen votos de un candidato a otro. En este caso el beneficiado es Felipe Calderón, del Partido Acción Nacional.
Ahora resulta que él va a ser presidente. Eso no es lo malo. Lo que realmente es grave es que, como ciudadanos, nos quedemos de brazos cruzados. No podemos permitir que cada vez que alguien quiera manipular las votaciones nos hagamos los "no-pasa-nada"
Actuemos.
10/07/2006
¿Qué clase de amor era el suyo?

Quisiera olvidar sus palabras, acostumbrarme a que no eran más que eso: palabras, juegos del aire. Pero no puedo dejar de pensar en lo que María Elena solía decirme cuando estábamos a solas, luego de hacer el amor, ella descansando entre mis brazos, tibia y húmeda como un mar de flores amarillas:
-Te amo. Te amo de una manera transparente, como si nosotros hubiéramos inventado el amor. Mientras tú me ames yo haré de la vida un lugar para amarte y estaré junto a ti. Y aún si no me amas, te amaría igual. Este amor que siento por ti me hace capaz de vencer cualquier cosa, porque no deseo sino estar viva para amarte. Algún día Dios sentirá envidia de cómo te amo.
El día que le dije a mi madre, entre tazas de té y rodajas de pan casero con manteca y mermelada de higo, que estaba decidido a casarme con María Elena, se puso muy mal. El corazón pareció acelerársele hasta lo imposible. Respiraba mal, se ahogaba. Nunca la había visto así. Temí que se muriera. Me dijo que no le parecía justo que después de cuarenta años de haberme educado, de haberme dado todo, de haberme cuidado como a un ángel, yo decidiera darle mi amor a una desconocida que quien sabe si me amaba lo suficiente. Le respondí que hacía ya tres años que conocía a María Elena y traté de mostrarle que ella realmente me amaba. Mi madre argumentó que tres años no eran nada contra todo el tiempo que ella había estado al lado mío, haciendo siempre de madre y de padre para mí.
Supongo que tenía razón. Llegué a pensar que era un traidor, un mal hijo. Pero no podía dejar de sentir que mi destino estaba junto a María Elena. Lo había sentido así desde la primera vez que entré a una tienda para comprar un hilo azul y ella me atendió con esos ojos brillantes e inquietos y esa sonrisa deliciosa que siempre tuvo. Así fue como después -hasta que luego de meses de juntar valor y desesperación la esperé a la salida del trabajo para invitarla a tomar un café- volví una y otra vez a comprar cosas innecesarias que escondía debajo de las tablas del piso de mi cama. No me atrevía a dárselas a mi madre porque me regañaría por malgastar el dinero. Tampoco me atrevía a tirarlas porque eran cosas que habían sido tocadas por sus manos. A veces sacaba un alfiler o un elástico y me los pegaba con cinta adhesiva debajo de la ropa, para sentir que la tenía cerca de mí. El día que le hice a mi madre la confesión de que uniría mi vida a la de María Elena, llevaba un botón naranja pegado sobre uno de mis brazos.
Mi madre no quería entender razones. Al final, ya convencida de lo irreversible de mi decisión, me pidió que invitara a cenar a María Elena y si ella comprobaba que el amor de esa muchacha era tan fuerte como decía, entonces ella no se opondría. Acepté. En primer lugar porque a María Elena le encantaba cómo cocinaba mi madre. En segundo lugar, porque para quien observara a María Elena, para quien la escuchara, era imposible no darse cuenta que realmente me amaba con un amor a toda prueba.
Esa noche, tras un breve aperitivo, mi madre sirvió una sopa de queso roquefort y cebolla, que era mi preferida. El plato principal era uno a base de papa, queso, nueces y damascos, que era el preferido de María Elena. La sopa estaba deliciosa. A María Elena también le pareció lo mismo. Pero a la tercer cucharada su cabeza cayó sobre el plato, salpicando todo a su alrededor. Me asusté. Miré a mi madre y se sonreía con esa sonrisa que solía usar para decir, sin hablar, que ella tenía la razón. Levanté la cabeza de María Elena y me di cuenta que pesaba mucho. Miré nuevamente a mi madre y continuaba sonriendo. Dejé caer la cara de María Elena entre la sopa. Le toqué el cuello buscándole algún latido, pero era obvio que estaba muerta.
Me molesta tener que admitirlo, pero mi madre tenía razón. El amor que María Elena tenía por mí no era tan fuerte como decía. Ni siquiera le sirvió para soportar un poco de veneno en la sopa.
Gonzalo Hernández Sanjorge





