Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2004.
01/08/2004
+ Sensible fallecimiento
Desde aquí deseo expresar mis condolencias por la muerte de la madre de mi amigo Roberto.
No creo que sea fácil sobrellevar una pérdida, menos aún si es tu madre el ser que ha partido.
Nunca he tenido la penosa experiencia tan de cerca, pero quiero recordar a todos aquellos que sufren o sufrieron por algo así que no olviden las cosas que halla dejado la persona en vida, porque ese es su mejor regalo a la nuestra.
Descance en paz.
1 Tesalonicenses 4:16
No creo que sea fácil sobrellevar una pérdida, menos aún si es tu madre el ser que ha partido.
Nunca he tenido la penosa experiencia tan de cerca, pero quiero recordar a todos aquellos que sufren o sufrieron por algo así que no olviden las cosas que halla dejado la persona en vida, porque ese es su mejor regalo a la nuestra.
Descance en paz.
1 Tesalonicenses 4:16
04/08/2004
Princesa, dónde estas?
(Para Psique)Princesa, ¿dónde estás? Te he estado buscando en todos los cuentos que he pasado.
Primero fui a un lugar con siete hombrecillos que custodiaban el cuerpo de una mujer. Intenté acercarme pero me impidieron el paso. —¡Dejadme verla!— dije y mostré mis credenciales. Se rieron de mí y seguían impidiéndome el paso. Me mantuve recto aún ante las burlas y volví a ordenar que me dejaran pasar. Después de mucho discutir con un tipo gruñón, éste dio la orden para que viera a la princesa; aquella estaba en una cajita de cristal y llevaba una manzana en la mano. Desilusionado vi que no tenía alas y pregunté su nombre. –Se llama Blanca Nieves- dijeron los hombrecillos.
Era una señorita, efectivamente, de piel tan blanca como la nieve. Parecía como si estuviera muerta pero a su vez esperando ser despertada. En ese estado de completa ternura no pude contener los deseos de besarla y así lo hice.
Para sorpresa de todos, la princesa despertó y me dio las gracias. Inmediatamente habló de boda, de hijos, de casa y de otras tantas cosas que no quise enterarme porque tome mi caballo y salí a todo galope.
Partí a otras letras y me detuve junto a las afueras de un castillo donde se hallaba un hombre sentado en unas escaleras, llorando. —¿Qué sucede, buen señor?— dije para saber como ayudarlo. Él únicamente alzó su rostro para mirarme de arriba abajo y lanzó una mirada con desdén.
—Vasallo, he aquí una zapatilla que ha olvidado la mujer de la que estoy enamorado y no sé dónde encontrarla— dijo, al momento que alzaba una zapatilla fabricada con el cristal más fino concebido en el mundo.
—Yo puedo encontrarla, — respondí al aristócrata —pero debo llevarme la zapatilla para comprobar que a la mujer que le quede sea una princesa, porque sólo una de ellas es digna de usted, mi señor—
—Un tunante como tú se daría a la fuga con una exquisitez como ésta— refiriéndose a la zapatilla —sin embargo, ordenaré que uno de mis guardias te acompañe y, de encontrar a la joven, serás recompensado—
—Agradezco su nobleza, seguro encontraré a la princesa— dije y me tomé el camino al pueblo junto con el guardia.
La verdad esperaba que la señorita en cuestión fueses tú, por lo que supuse que te encontraría en la plaza oyendo a los músicos, así como te gusta.
Llegué a la población pero no te divisé por la gran cantidad de gente que iba y venía. Se me ocurrió la idea de llamarte y procedí de la siguiente manera:
—Señoritas— levanté mi voz parado en un cajón de naranjas— quien quiera que sea la dueña de esta zapatilla será recompensada por el príncipe, sin embargo, ésta deberá quedarle a la perfección para comprobar su propiedad— y al momento de pronunciar lo anterior se acercaron cientos de jóvenes mujeres hacia mí. Una a una fue calzándose la zapatilla pero ninguna de ellas eras tú; me disponía a partir porque todas habían pasado, hasta que al final una bella doncella que llevaba una canasta con víveres se acercó y preguntó si podía probarse el objeto de cristal. Claro que sí, contesté. Al hacerlo, éste le quedó a la perfección y, triste por no encontrarte, la llevé con el príncipe y ella se emocionó de volver a verlo. Yo recibí mi recompensa en oro y me fui en vísperas de la boda planeada.
Cansado de pasar por tantas páginas, me destiné al mar para tomar unas vacaciones de mi búsqueda. Antes de llegar al mismo, me topé con una multitud de guerreros que tenían custodiada una ciudad amurallada.
—El señor sea con usted— pronuncié a uno de ellos —¿Qué es lo que sucede aquí?—.
—Sostenemos una guerra con los troyanos a causa del rapto de la hermosísima esposa de Menealo, nuestro rey, por parte del infame Paris—.
Supuse que ya te había encontrado. ¡En qué problema se metió!, pensé. El inconveniente ahora era rescatarte y aconsejé a uno de los hombres, llamado Ulises, que entraran a la ciudad bajo algún engaño.
—Sí, y ¿qué se te ocurre?— contestó con burla —Porque supongo que con esa facha no has de tener buenas ideas—
—No lo sé, hagan un regalo gigante con madera y entréguenselo a los troyanos, en él introduce a tus mejores hombres y cuando menos se lo esperen salen para emboscarlos— comenté con emoción.
—Pues...— dijo él —¿qué te parece un caballo gigante con ruedas en la plataforma?— y sin esperar a que yo replicara algo, ordenó la construcción del artilugio y, ya terminado, se ofreció como dádiva al enemigo.
Todo sucedió como lo planeé y la batalla culminó con el triunfo de mi bando; claro, no eras tu la princesa en cuestión; nadie me dio el crédito, resulta que la princesa se llama Helena y también sucede que llevaban diez años en conflicto. Todo por no preguntar antes. Ni modo, qué se le va a hacer.
De nueva cuenta monté mi caballo y troté hacia el mar. Estando allí me encontré con una princesa que es sirena, pero a esta no le pregunté nada porque se alejó de mí con descortesía, yo creo que fue porque en vez de alas de mariposa tenía cola de pez.
Compré unas bermudas, una camisa y sandalias y, además, un libro para sentarme debajo de una palmera. Abrí el libro y me encontré con una princesa que durmió mal a causa de un guisante que se encontraba debajo de sus cuarenta colchones y, al leer esta parte, grité:
—¡Ahora sí te encontré!— y volví a la montura de mi potro y partí a tierras lejanas para localizarte. Creo que esa debes ser tú porque únicamente una princesa de tu estirpe puede sentir un guisante en su espalda como si fuera una gran piedra, reflexioné.
Llevo varios días de una palabra a otra, de una frase corta a una larga, de un cuento a una novela y de un texto al siguiente libro. Nada. Aún no te encuentro y no soy muy bien recibido en todos lados por mi apariencia picaresca. No sé si nos veremos algún día, pero estoy seguro de que la esperanza y las historias de princesas mueren al último.
Princesa, ¿dónde estás? Te he estado buscando en todos los cuentos que he pasado y repasado.
Espero hallarte pronto.
Gato Pícaro
Imágen tomada de Mujer mariposa
DERECHOS RESERVADOS
05/08/2004
Neoangelus
“...volando, tan alto... que a punto de entrar en el jardín del Edén,fundido su vuelo por tu derramado sol,
cae, como el ángel exterminado,
al mar de los naufragios”
L. E. Aute
Luna llena. Faltaban aún unos minutos para el amanecer cuando sentí las piernas bañadas por las olas del mar. Me encontraba boca abajo y lleno de arena. Tenía arena en mis labios y en la boca, llenaba en mi paladar la saliva salada.
Tardé unos instantes en darme cuenta que estaba vivo; vivo de verdad, pues cada vez que hacía algún movimiento con los dedos o alzaba la respiración o escuchaba el latir de mi corazón se excitaban mis sentidos al percibir que no había muerto.
Intenté incorporarme y lo único que lograba era arrastrarme en contra del mar, luchando a cada brazada por llegar a un lugar más estable.
El dolor, ¡me partía el dolor! Naciente signo de vida. Dolor, ¡oh, dolor! Desde la piel hasta el alma. No era para menos, caer de esa altura pudo haberme matado y en lugar de eso me encontraba lleno de daños pero vivo.
Conseguí ponerme de rodillas; al hacerlo escupí sangre proveniente de mi garganta. Ante mí se apareció un paisaje de manglares, árboles y un altozano al fondo y a mis espaldas quedaba el mar que rompía ola a ola como el compás de la música más celestial. Llegué a gatas a una estela que se hallaba bajo un árbol y me instalé a descansar.
Desperté al medio día. El sol no podía alcanzarme en el lugar donde me encontraba; mejor así, porque no quería que ninguna de sus centellas se acercara a darme una tibia caricia la cual traería a mi tantos pensamientos, sentimientos a los que no deseaba enfrentarme.
Decidí tomar el resto de la tarde para dormir. Aún necesitaba recuperar fuerzas antes de realizar cualquier acción.
Tiempo después abrí mis ojos y alcancé a distinguir el último esbozo que pinta el sol en el firmamento. Resolví que era hora de ponerme de pie.
En un inicio, el pararme no fue cosa fácil, pero pudo más mi perseverancia para que después de una decena de intentos pudiera lograrlo. Cuando alcancé ponerme de pie mi percepción del entorno se volvió diferente. La necesidad de saber si tenía alguna compañía me llevó a caminar toda la costa de lo que después supe es una pequeña isla. Anduve de manera lenta y quejosa. Llamé por todas partes y no obtuve ninguna respuesta, por lo que no tengo la seguridad de haber estado solo o de que nadie atendía mis suplicas. Este fue el preludio de un vacío anímico.
Comenzaron a hacerse evidentes las heridas de mi cuerpo. No tenía en cuenta lo quemado que me encontraba después de toda aquella travesía y, peor aún, la hecatombe sufrida en mi corazón. Al contemplar el horror y la vasta soledad, las fuerzas que guardaba se desvanecieron entendiendo que mi cuerpo era el que se había levantado pero mi esencia no lo había conseguido. Las lágrimas corrieron desesperadas por encontrarse con mis mejillas y en aquel instante quería desaparecer del universo; con esta idea empecé a hundirme en el pantano de la tristeza.
Entre sollozos y lamentos se me aparecía la imagen de la muerte que a cada segundo se hizo más grande. La muerte, pensaba yo, terminaría con sufrimientos y decepciones. Ésta comenzó a llamarme y yo vagaba hacia ella. Ya no tenía nada que perder después del engaño de la criatura amada. Caminaba hacia ninguna parte buscando caer en sus brazos.
Súbitamente sentí como algo se posó en mi mano. Me detuve funestamente y bajé la mirada para poder contemplar lo que tomaba mi extremidad: ¡una mariposa!, una mariposa blanca con alas tan hermosas, parecidas al celofán. La imperceptible veleta me conducía con sus diminutas alas hacia el calmante que me desviaría de la muerte. Ese calmante llegó en forma de agua salada, agua de mar para ser precisos. La mariposa me soltó y voló hacia el mar.
Al hundirme en esa masa de agua comencé a mitigar los malestares de mi piel y el gemido de mi espíritu. La luna iluminaba con luz tenue y consoladora aquel piélago de lágrimas. El conjunto de ambos creó el mejor bálsamo que nunca haya existido, porque el mar no es otra cosa que una infinidad de lágrimas dispuestas a cobijar a todo aquel que clame un poquito de comprensión y la luna es una canica que esparce luz hipnotizante para crear un albor de pasiones, traspasando cada una de las membranas corpóreas. Las llagas de las quemaduras comenzaron a desaparecer dejando cicatrices pero la ruptura de mi corazón no sanaba del todo.
Después de mantenerme algunos minutos con la cabeza a flote, tomé mi cuerpo y salí del agua. Me senté en la playa mirando al horizonte bañado por luz de luna. Intentaba pensar en cómo iba a salir de aquel lugar pero el miedo no dejaba que mi mente ideara algún plan, provocando que la desesperación se conjugara con mi estado, aunque esta vez no me sentía perdido.
Asombrosamente vi que la minúscula mariposa revoloteaba sobre mí. Nuevamente la pequeña velita me llamó con ese imperceptible sonido que creaba al volar tan frágil y tan liviana; esta vez se dirigía hacia el manglar y, siguiéndola, también me adentré a él.
Perdí a la mariposa al entrar al manglar. Andar no me fue nada fácil porque todo el miedo concentrado no me permitía ver por donde caminaba. Nacían en mi intenciones de claudicar pero en ese instante llegó una idea a mi mente y me dispuse a recoger materiales diversos, entre los que se encontraban hojas, ramas, ceras, pastas salinas y hálitos de brisa.
Al terminar de reunir lo necesario, me dispuse a salir pero las ramas y las rocas pretendían detener mis pasos a lo cuál yo respondí con lucha y forcejeos, rompiendo y destruyendo aquellos miedos. Salí triunfante de esta batalla, llegando a la costa y reencontrándome con la mariposa.
Solté todo lo que llevaba a cuestas, me senté en la arena y presurosamente me puse a trabajar.
¡Mi idea no podía fallar! Ya lo había intentado anteriormente, sabía que no podía fracasar. Esta vez mi proyecto no sería detenido por nada, en esta ocasión pondría el doble de empeño en la construcción y en el perfeccionamiento de mi artefacto y no permitiría que mi hondo corazón se tomara la libertad de enamorarse de un sueño. Lo tenía decidido: este instante se hizo para volar, no para mantenerme inmóvil.
La noche fue muriendo hasta que los vientos anunciaron que faltaba poco tiempo para que apareciera el amanecer. Tenía que darme prisa para llegar a mi propósito antes de que esto sucediera. Aún evitaba enfrentarme a tantos recuerdos y a tanta frustración, sin embargo en algún momento tendría que dar la cara y el resto de mi cuerpo a esos malestares. Sabía que, cuando llegara la hora, sería tormentoso viajar hasta el centro de mi pensamiento para tomar una a una las flores sembradas por un amor que no me correspondía para después echarlas al vacío del olvido con ayuda de mi mariposa, ser que no me había abandonado en todo el tiempo en que la noche nos abrigó con su manto estelar.
A pesar de todas mis oposiciones, el despunte del alba llegó y mi existir comenzó a vibrar al ver llegar la luz del día.
Conforme iban rozando los rayos del sol mi piel, los recuerdos hacían mezcla con el insoportable sufrimiento. Pensar que horas antes había alcanzado acariciarlo, después de haberme enamorado con su resplandor, mas no esperaba de ninguna forma que llegara la desilusión a causa de su traición, la traición de ese sol tan envolvente y tan... delicioso.
Buena advertencia había hecho mi progenitor acerca de aproximarme al astro pero mi contención fue nula al sentir todo el calor que emanaba el áureo ser. En el instante en que volaba hacia él me sentía tan feliz y tan lleno de equilibrio que todo lo demás quedaba en el abandono; revoloteaba por los aires como un niño que recibe un obsequio acompañado de abrazos y alientos.
No podía creerlo, ¡allí estaba yo!, donde ningún mortal había podido llegar, donde yo era el ser que había volado tan alto, donde nada ni nadie logró batir sus alas, donde la fusión de su calor vertido en mi cuerpo se volvían una sola danza edénica, donde el Olimpo deslumbraba con sus refulgentes manjares convertidos en promesas, donde el tiempo quedaba plasmado con toques de eternidad, donde tus palabras de amor llegaron a mi credo, donde tu me ofrecías tus muslos ardientes, donde tu incendiante abrazo me despellejaba, donde tu candente sexo latía empapado de vicisitudes solares, donde consumirnos en orgasmos alimentaba el fuego de las células, donde estallar haciendo el amor...
Me hizo caer. Fulminado hacia el mar, inesperadamente quedé sin sustento, agitando brazos sin alas, sacudiendo con desesperación el cuerpo, buscando algo o alguien de quien sostenerme, haciendo hasta lo imposible por permanecer volando y poder continuar soñando, mas todo se realizó en vano. Seguía cayendo y nada me detenía. Gritaba, desgarraba las nubes con mis gritos a la vez que cerraba mis ojos que no podían aguantar mirar hacia aquella estrella cegadora, sol que se alejaba con gran velocidad, sol impasible al cual no le importaban mis sueños y ofrendas, sueños que sufrieron un exterminio cruel.
Se apagó la luz; el agua invadió mi entorno y se apagó la luz.
Desperté más tarde para observar la luna redonda y color de leche mientras la saliva quedaba llenita de arena.
Las horas van pasando y se llevan aquellos recuerdos. El viento ha secado mis lágrimas. Pronto me remontaré a nuevos sitios en compañía de mi mariposa luna, mi mariposa mar; aún y cuando el sol me observe desde tan lejos sin decirme una sola palabra, volaré con la esperanza de renacer en un nuevo ser, sin importar si mi vuelo se efectúa con alas prestadas como éstas que estoy construyendo o si algún día obtendré las propias haciéndome un nuevo ángel. El sol se encuentra en plenitud y nuevamente empapa de fuego mi piel. Con una sonrisa levanto mi rostro y grito: —¡No te necesito! Me llevo la satisfacción de saber que pude besar tus rayos y nunca me la arrebatarás. ¿Qué harás ahora para intentar perderme?—
¡Sol, no me pierdes; sol, yo te pierdo!
Emanuel Leal Febrero de 2004
DERECHOS RESERVADOS
09/08/2004
Desperté
Lastimado, desperté...
lamiendo mis heridas,
cosiendo mis cortadas
y, ya en aquellas condiciones dadas,
volví a las andadas.
Consolado, caminé...
Gato Pícaro
DERECHOS RESERVADOS
lamiendo mis heridas,
cosiendo mis cortadas
y, ya en aquellas condiciones dadas,
volví a las andadas.
Consolado, caminé...
Gato Pícaro
DERECHOS RESERVADOS
11/08/2004
Cambalache
Que el mundo fue y será una porqueriá, ya lo sé . . .
En el quiniento seis y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublé.
>
Pero que el siglo veinte
es un despliegue de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos . . .
>
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor . . .
ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador.
Todo es igual.
Nada es mejor.
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.
>
Qué falta de respeto.
qué atropello a la razón.
Cualquiera es un señor.
Cualquiera es un ladrón.
Mezclao con Stravinsky va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín.
>
Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón.
>
Siglo veinte cambalache
problemático y febril.
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
Dale nomás! Dale que va!
Qué allá en el horno nos vamo a encontrar.
No pienses más,
sentate a un lao.
Que a nadie importa si naciste honrao.
Es lo mismo el que labura noche y día como un buey
que el que vive de los otros,
que el que mata,
que el que cura,
o está fuera de la ley.
>
Enrique Santos Discépo
DERECHOS RESERVADOS
En el quiniento seis y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublé.
>
Pero que el siglo veinte
es un despliegue de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos . . .
>
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor . . .
ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador.
Todo es igual.
Nada es mejor.
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.
>
Qué falta de respeto.
qué atropello a la razón.
Cualquiera es un señor.
Cualquiera es un ladrón.
Mezclao con Stravinsky va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín.
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Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón.
>
Siglo veinte cambalache
problemático y febril.
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
Dale nomás! Dale que va!
Qué allá en el horno nos vamo a encontrar.
No pienses más,
sentate a un lao.
Que a nadie importa si naciste honrao.
Es lo mismo el que labura noche y día como un buey
que el que vive de los otros,
que el que mata,
que el que cura,
o está fuera de la ley.
>
Enrique Santos Discépo
DERECHOS RESERVADOS
18/08/2004
Miserable vida
MISERABLE VIDA (o cómo no me conformo)La cucaracha va subiendo por la pared, lenta y silenciosamente.
Christina la observa desde su cama, en donde se queda recostada.
—¿Cómo será la vida de una cucaracha? ¿Pensará acaso? ¿Qué problemas tendrá?— Todo esto se pregunta Christina sin perder de vista al pequeño animal.
Medita, esperando encontrar respuesta a sus preguntas; la verdad es que debe hacer un esfuerzo para volverse cucaracha y pensar como ella. Con tanto que analizar, termina convencida de que la vida de una cucaracha es mejor.
—No tienes que preocuparte por ir a la escuela; no tienes que trabajar; lo mejor de todo es que no tienes novio, por lo que no tienes problemas—
Y Christina fija su mirada en el insecto mas no lo ve. Sus ojos contemplan su pasado, que ella juraría que es tan deprimente, y crece la idea de lo paradisíaco que es ser una cucaracha.
—No pleitos, no sufrimientos ¡Debí nacer cucaracha! Claro está que nadie habla bien de ellas, pero eso que les importa. ¡Miserable vida! Debí nacer cucaracha—
Y lentamente regresa de sus pensamientos para seguir al bichito.
La cucaracha va subiendo por la pared, lenta y silenciosamente.
Y silenciosos también son sus pensamientos, que no le quitan un ojo de encima a Christina.
—¿Por qué no nací humano? No tendría que comer sobras; no viviría con el temor de ser aplastada. Creo que viviría más y mejor, sin arrastrarme por las paredes y escondiéndome al primer destello de luz. Y todo ese poder que tienen, ¡¿se imaginan!? ¡Debí nacer humano! Miserable vida—
Y así, la cucaracha va subiendo por la pared, lenta y silenciosamente.
17 de marzo de 2004, 23:43
GATO PÍCARO
DERECHOS RESERVADOS
20/08/2004
La mendiga
La mendiga bajaba siempre a la misma hora y se situaba en el mismo tramo de la escalinata, con la misma enigmática expresión de filósofo del siglo diecinueve. Como era habitual, colocaba frente a ella su paltillo de porcelana de Sérves pero no pedía nada a los viandantes. Tampoco tocaba quena ni violín, o sea que no desafinaba brutalmente como los otros mendigos de la zona.
>
A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.
>
Curiosamente, los billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.
>
MARIO BENEDETTI
Tomado de "La vida ese paréntesis", capítulo "Del faro y otras sombras"
DERECHOS RESERVADOS
>
A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.
>
Curiosamente, los billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.
>
MARIO BENEDETTI
Tomado de "La vida ese paréntesis", capítulo "Del faro y otras sombras"
DERECHOS RESERVADOS
21/08/2004
Anda
Anda,
Logremos lo que todos:
Matar este
Amor
Anda,
Logremos lo que nadie:
Multiplicar este
Amor
Gato Pícaro
Logremos lo que todos:
Matar este
Amor
Anda,
Logremos lo que nadie:
Multiplicar este
Amor
Gato Pícaro
24/08/2004
Maratón
Pues que me he encontrado con lo siguiente, ahora que los juegos olímpicos estan en su apogeo.
Parece ser que el relato de la hazaña del soldado de Maratón que supuestamente corrió desde el escenario de batalla hasta Atenas para anunciar la victoria griega es falso.
Según un relato de Herodoto, un soldado llamado Fedípides fue enviado antes de la batalla (no después) a Esparta (no a Atenas) para anunciar la llegada de los persas y solicitar refuerzos.
Tampoco corrió los 40 supuestos kilómetros, sino que 240 en 2 días (lo que engrandece mucho mas la hazaña).
La distancia que se cubre actualmente en una carrera de Maratón olímpica es de 42 kilómetros y 195 metros. Se dice que esta es la distancia que separa a Atenas del lugar donde ocurrió la batalla de Maratón.
Sin embargo, la distancia entre estos dos lugares es de aproximadamente 40 kilómetros.
De hecho, en los primeros juegos olímpicos, esa fue la distancia que se corrió.
Al disputarse los IV Juegos Olímpicos celebrados en Londres en 1908, el Príncipe de Gales pidió al Barón de Coubertin que la competencia comenzara en los jardines del Castillo de Windsor (donde el residía). Así se hizo y la Maratón quedó con la distancia entre los jardines del Príncipe y el estadio Olímpico (que es de 42 Km. con 195 m).
>
QUÉ CURIOSO!
DERECHOS RESERVADOS
Parece ser que el relato de la hazaña del soldado de Maratón que supuestamente corrió desde el escenario de batalla hasta Atenas para anunciar la victoria griega es falso.
Según un relato de Herodoto, un soldado llamado Fedípides fue enviado antes de la batalla (no después) a Esparta (no a Atenas) para anunciar la llegada de los persas y solicitar refuerzos.
Tampoco corrió los 40 supuestos kilómetros, sino que 240 en 2 días (lo que engrandece mucho mas la hazaña).
La distancia que se cubre actualmente en una carrera de Maratón olímpica es de 42 kilómetros y 195 metros. Se dice que esta es la distancia que separa a Atenas del lugar donde ocurrió la batalla de Maratón.
Sin embargo, la distancia entre estos dos lugares es de aproximadamente 40 kilómetros.
De hecho, en los primeros juegos olímpicos, esa fue la distancia que se corrió.
Al disputarse los IV Juegos Olímpicos celebrados en Londres en 1908, el Príncipe de Gales pidió al Barón de Coubertin que la competencia comenzara en los jardines del Castillo de Windsor (donde el residía). Así se hizo y la Maratón quedó con la distancia entre los jardines del Príncipe y el estadio Olímpico (que es de 42 Km. con 195 m).
>
QUÉ CURIOSO!
DERECHOS RESERVADOS
27/08/2004
Nuestros juegos olímpicos
¿Recuerdas nuestras olimpiadas? No aquellas que se efectúan en verano, sino las que les suceden y se realizan en invierno. Específicamente las de Salt Lake City 2002.>
Te llamabas Jaime y yo me llamaba David, ambos de nacionalidad canadiense; juntos hicimos las más hermosas figuras que el hielo podía trazar. La gente decía que estábamos hechos el uno para el otro y nos hicimos una pareja legendaria.
>
Cuando fue el turno de nuestra actuación en patinaje por parejas en los olímpicos, nos ganamos el calor del corazón del público y el fulgor de sus aplausos; hasta imaginamos que el hielo se derretiría con todo el amor quemante que irradiábamos. No había nada mejor.
>
Pero las calificaciones nos dieron una plata y no el oro merecedor que fue adjudicado a la pareja rusa. Y lloraste, lloraste como nunca porque no te conformaste con el segundo lugar después de haber hecho ese precioso trabajo tomada de mi mano. Parecía que ahí terminaba todo.
>
Sin embargo, no fue así. Después de analizar los resultados, la comitiva nos dio la presea áurea para compensar el error. Una sabia decisión.
>
Te llamabas Jaime Sale y yo David Pelletier; ahora nuestros nombres son otros y ya no patinamos juntos. Pero si lo volviéramos a hacer, juraría que tendríamos que aprender a nadar porque esta vez el hielo sí se derretiría. Todo el amor que aún existe en nosotros ardería en flama eterna. Espero juguemos en una nueva sede.
>
Gato Pícaro
28/08/2004
El Amasijo
(a Licha)Amasaba aquella sustancia con ambas manos. Me era muy difícil darle la consistencia requerida así como fue difícil fabricarla. Mis movimientos creaban cansancio pero seguían ejecutándose como una máquina.
Sorpresivamente, entraste tú en aquella habitación, te paraste a mi lado y miraste a tu alrededor con incredulidad hasta que tus ojos se posaron en mi obra maestra.
—¡Mira nada más como tienes este cuchitril!— dijiste en voz alta —¿Qué voy a hacer contigo? A ver, hazte a un lado, inútil—
Y sin decir más, me empujaste de la mesa donde hacía mi monótono y programado trabajo; te pusiste tu delantal lleno de sangre seca y tiraste mi amasijo en la basura. Tomaste un poco de esto y aquello y comenzaste a revolverlo para darle forma.
En un dos por tres la nueva masa estaba lista. Agarraste mi cabeza y le abriste la tapa. —Cuidadito y vuelves a perder tu cerebro— amenazabas molesta al tiempo que lo colocabas en su lugar. Sellaste mi cráneo y salí contento de esta enésima ocasión.
Gato Pícaro 27/08/2004 13:00
© DERECHOS RESERVADOS
31/08/2004
Recepción de los años desde la distancia
Toda la espesura se cierra sobre ti,
devorada, maldecida,
mal dicha está tu noche.
¿Dónde están tus pies
que corrieron desnudos
naufragando en el espanto?
Al amparo de desolados aromas
año tras año en un tiempo
oportuno acariciaremos edades
Por lo pronto me confío
al ser atado
(alado o amado
quizá quise decir)
Eric Leunam
© DERECHOS RESERVADOS





