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Gato Pícaro

Bribonadas

Foro Militar de Israel

Foro Militar de Israel
Foro Militar de Israel. Beldades del Ejército Israelí. No van ustedes a creérselo hasta que lo vean con sus propios ojos: diecisiete tupidas páginas de chicas militares, unas trabajando, otras posando, muchas sonriendo, algunas con cara de susto (poquísimas). Prefiero creer que la web no es oficial, sino obra de algún gracioso con acceso a los archivos fotográficos del ejército.
*** Dirección enviada a mi Lista de Correos por Rodrigo Portela Sánchez, cuyo texto de acompañamiento me permito reproducir aquí:

Shalom!????
(digo «hola»).
Siguiendo un enlace al final de uno de los últimos mensajes recibidos de Juan Blanco en esta lista, llegué a la página web de una lista de correo de contenido antimilitarista y, fisgando entre los últimos mensajes de la misma, me encontré un enlace a esta página:
http://israelmilitary.net/showthread.php?t=13
Es una colección de fotos de mujeres, unas cuantas jóvenes y «de buen ver», enroladas en el ejército de Israel, fotos enviadas a un foro del propio ejército. He estado viendo varias páginas de ese hilo de mensajes en el foro, por curiosidad (y por orientación sexual, qué pasa), y se me han ocurrido varios comentarios. Dejando a un lado los que no tienen mayor interés o profundidad (similares aparecen expresados y concebidos de una forma entiendo que más irrespetuosa o «cavernícola» en respuestas a ese foro del tipo «¿dónde se apunta uno para entrar al ejército de Israel?», «en EE. UU. —o Dinamarca— no tenemos chicas tan guapas en el ejército, me entran ganas de servir a Israel», o «ahora entiendo que los israelíes estén dispuestos a ir a la guerra»), se me ocurren otras reflexiones más profundas sobre por qué están esas chicas (y todos los demás miembros del ejército, o de los ejércitos) donde están y, en este caso, en esa franja de edad en la que es evidente que están unas cuantas (creo haber visto en alguna de las respuestas del foro, y que alguien me comentó una vez algo así como despedida, que las mujeres en Israel comienzan un servicio militar obligatorio de dos años a los dieciocho, tendría que comprobarlo), en esa franja de edad en la que, en vez de descubrir la vida, descubren la muerte a diario en esa zona del mundo en la que les ha tocado nacer y lavarse el cerebro, con la guerra como rutina, con las armas como herramientas de su quehacer cotidiano, con el nacionalismo y el odio como alimentos. Parecen felices en ese mundo, y eso es quizá lo que más pena me da de todo: ver caras sonrientes de chicas de dieciocho años armadas y con indumentaria militar impuesta asumida como normal. Si a alguna foto (como esta) le quitamos las armas y el letrerito de abajo, bien podríamos situar la escena en otro contexto bien distinto, y que no me movería a escribir un mensaje como este. Pero las armas están en una perversa sintonía contextual. Y si de alguna otra foto (como esta otra) no tuviera ninguna información contextual, no la vería más que como la captación de una escena entrañable por una parte y, por otra, como un reflejo de la tradicional perspectiva de protección masculina de la mujer, de una mujer que, no sabiendo que es del ejército, no creo que inspirase ningún temor especial, que quizás inspirase sentimientos más bien opuestos.
Se habla a veces de los niños que combaten en guerras, pero no de los jóvenes (y mayores) a los que se les presenta la muerte ajena como forma de vida en medio de una absurda cadena de violencia de difícil ruptura con una pretendida justificación política, ideológica, comunitaria, nacional. Se habla a veces (tampoco tanto...) de aquellos a quienes se les arrebata la infancia, pero no veo que se hable de aquellos a quienes se les arrebata la transición de la adolescencia a la edad adulta, con todo lo que ese período implica de replanteamientos vitales que, en un contexto erróneo como este, prefiero no pensar a qué conclusiones llevarán.
Pero importa lo que importa, y hay que ver cuánto tienen que aprender de motivación e incentivos quienes hacen aquí a veces anuncios para convencer de lo buenas que son las pacíficas fuerzas armadas. Y hay que ver qué moderno es el ejército de Israel, cuánta mujer, cuánta paridad, cuánta juventud, cuánta modernez: cuánta estupidez, el militarismo asumido.
No sé si objetivamente esas fotos moverán a determinadas reflexiones o si influye especialmente la combinación de las horas que son ya cuando escribo esto con el recuerdo de una historia personal de una... relación bastante extraña que tuve con alguien de esas tierras, siempre santas y siempre llenas de sangre y odio, a quien no llegué a conocer en persona y con quien desde hace varios años no tengo ningún contacto, y por quien desde entonces nunca puedo sentirme un observador frío y ajeno (¿se puede ya?) cada vez que oigo hablar de Israel, de Palestina, del hebreo, de los judíos, de tierras elegidas y elecciones mortales, y me temo que en mucho tiempo no podré (si es que alguna vez puedo) oír determinadas expresiones o noticias sin que se me vengan a la cabeza —aunque sea de una forma muy vaga, breve e indolora— recuerdos.
Tiene narices que el saludo normal en hebreo signifique «paz». Cuánto llenarse la boca de paz sin sentido y cuánto llenarse las armas de paradojas.
Rodrigo,
reflexionando en horas muy malas de temas no mejores (hacía tiempo que no desvariaba en esta lista)...
Vía: Librillo de apuntes de Ramón Buenaventura

Animusic

¿Qué clase de amor era el suyo?

¿Qué clase de amor era el suyo?

Quisiera olvidar sus palabras, acostumbrarme a que no eran más que eso: palabras, juegos del aire. Pero no puedo dejar de pensar en lo que María Elena solía decirme cuando estábamos a solas, luego de hacer el amor, ella descansando entre mis brazos, tibia y húmeda como un mar de flores amarillas:

-Te amo. Te amo de una manera transparente, como si nosotros hubiéramos inventado el amor. Mientras tú me ames yo haré de la vida un lugar para amarte y estaré junto a ti. Y aún si no me amas, te amaría igual. Este amor que siento por ti me hace capaz de vencer cualquier cosa, porque no deseo sino estar viva para amarte. Algún día Dios sentirá envidia de cómo te amo.

El día que le dije a mi madre, entre tazas de té y rodajas de pan casero con manteca y mermelada de higo, que estaba decidido a casarme con María Elena, se puso muy mal. El corazón pareció acelerársele hasta lo imposible. Respiraba mal, se ahogaba. Nunca la había visto así. Temí que se muriera. Me dijo que no le parecía justo que después de cuarenta años de haberme educado, de haberme dado todo, de haberme cuidado como a un ángel, yo decidiera darle mi amor a una desconocida que quien sabe si me amaba lo suficiente. Le respondí que hacía ya tres años que conocía a María Elena y traté de mostrarle que ella realmente me amaba. Mi madre argumentó que tres años no eran nada contra todo el tiempo que ella había estado al lado mío, haciendo siempre de madre y de padre para mí.

Supongo que tenía razón. Llegué a pensar que era un traidor, un mal hijo. Pero no podía dejar de sentir que mi destino estaba junto a María Elena. Lo había sentido así desde la primera vez que entré a una tienda para comprar un hilo azul y ella me atendió con esos ojos brillantes e inquietos y esa sonrisa deliciosa que siempre tuvo. Así fue como después -hasta que luego de meses de juntar valor y desesperación la esperé a la salida del trabajo para invitarla a tomar un café- volví una y otra vez a comprar cosas innecesarias que escondía debajo de las tablas del piso de mi cama. No me atrevía a dárselas a mi madre porque me regañaría por malgastar el dinero. Tampoco me atrevía a tirarlas porque eran cosas que habían sido tocadas por sus manos. A veces sacaba un alfiler o un elástico y me los pegaba con cinta adhesiva debajo de la ropa, para sentir que la tenía cerca de mí. El día que le hice a mi madre la confesión de que uniría mi vida a la de María Elena, llevaba un botón naranja pegado sobre uno de mis brazos.

Mi madre no quería entender razones. Al final, ya convencida de lo irreversible de mi decisión, me pidió que invitara a cenar a María Elena y si ella comprobaba que el amor de esa muchacha era tan fuerte como decía, entonces ella no se opondría. Acepté. En primer lugar porque a María Elena le encantaba cómo cocinaba mi madre. En segundo lugar, porque para quien observara a María Elena, para quien la escuchara, era imposible no darse cuenta que realmente me amaba con un amor a toda prueba.

Esa noche, tras un breve aperitivo, mi madre sirvió una sopa de queso roquefort y cebolla, que era mi preferida. El plato principal era uno a base de papa, queso, nueces y damascos, que era el preferido de María Elena. La sopa estaba deliciosa. A María Elena también le pareció lo mismo. Pero a la tercer cucharada su cabeza cayó sobre el plato, salpicando todo a su alrededor. Me asusté. Miré a mi madre y se sonreía con esa sonrisa que solía usar para decir, sin hablar, que ella tenía la razón. Levanté la cabeza de María Elena y me di cuenta que pesaba mucho. Miré nuevamente a mi madre y continuaba sonriendo. Dejé caer la cara de María Elena entre la sopa. Le toqué el cuello buscándole algún latido, pero era obvio que estaba muerta.

Me molesta tener que admitirlo, pero mi madre tenía razón. El amor que María Elena tenía por mí no era tan fuerte como decía. Ni siquiera le sirvió para soportar un poco de veneno en la sopa.

Gonzalo Hernández Sanjorge 

El fin del mundo

El fin del mundo

Las hormigas regresaban al hormiguero después de un día de trabajo. Las gotas regresaban a la nube después de espiar a las hormigas.
Las hormigas no sabían que, mientras ellas dormían, en las nubes se planeaba el fin del mundo.
A las ocho de la mañana del día siguiente el cielo caería sobre el hormiguero.

Noel Unk

Pac-man a la mexicana

Pac-man a la mexicana

Acabo de ver un video llamado "Pac-man a la mexicana". Es buenísimo.

Click

Click Para Tita

Mi sonrisa permanente. Mi sin igual forma de estar parado. Tarde soleada. Poca gente concurriendo por las calles. Así es todo desde aquella vez.

Preguntas si me parece bien aquí y yo sólo asiento con mi cabeza. Ordenas que me pare por allá y que sonría. —Más a la derecha, poquito menos; un paso atrás, no inclines tanto la cabeza. Espera, ahí estás bien. No te muevas.— De saber lo que ocurriría no te lo hubiera permitido, pero sonriendo y parado junto a los jardines de Bellas Artes presionas el botoncito de la cámara y al oír click me ausento del mundo, dejo de ser yo para convertirme en fotografía.

© Gato Pícaro 07/02/2005
Derechos Reservados

Imagen tomada de Fotografía en Binario

La tarea del cuento

Algunas veces la inspiración no llega, otras la tarea es tanta que no permite sentarse a pensar. Aquí está la entrega del cuento; que sirva para que sepas que te quiero.

LA TAREA DEL CUENTO

Para Mireya, deseando termine su tarea.

O beata sanitas!

Escribir, ¿para qué? La realidad es que no sé redactar y las ideas no palpitan para comenzar un cuento.

Mi vida ocurre entre anestésicos, antisépticos, barbitúricos, batas blancas, camillas, análisis de laboratorio y un inmenso etcétera de lo que encuentras en un hospital. No comprendo de dónde se le ocurre a la doctora que esto me puede ayudar.

Termino exhausta de largas sesiones con otros médicos y de terribles consultas que se alargan hasta la caída del sol. Apenas da tiempo de convivir con otros de tus compañeros, de simpatizar con algún doctor atractivo y de platicar con las enfermeras sobre aquellas trivialidades del día. Y eso que apenas es mi tercer semestre; nunca supuse que al ingresar aquí las cosas no fueran del todo agradables y menos aún que tuviera que hacer tantos esfuerzos.

Sabrás que la doctora no es la única persona que pide cosas. El día de hoy, por ejemplo, estuve en una habitación donde un personaje con bata blanca exponía el por qué es importante que el paciente siga su tratamiento de principio a fin. No sé que importancia tiene lo anterior, pero el entrar a esa aula y escuchar la charla conlleva a que yo tenga que entregar un resumen de la misma. Así, ¿cómo quieren que me concentre? Además, mañana tengo un examen y, por lo que comentan varios compañeros que ya lo presentaron, no será nada fácil darle gusto a los médicos aplicantes para ser aprobada. Me gustaría que fuera lo único en que tuviera que pensar.

Bueno, iré a escribir mi cuento para entregárselo a la doctora. Ella es buena. Dice que si termino mi ficción y cumplo con las demás tareas tomará en consideración mi avance. Desde la última vez que cumplí con todo, incluyendo dejar de azotarme, me quitó la camisa de fuerza y permite mi visita a otros que, como yo, esperan volver a casa y ver de nueva cuenta a su familia.

Besos para ti y papá.

Mirena

Gato Pícaro © DERECHOS RESERVADOS

La mendiga

La mendiga bajaba siempre a la misma hora y se situaba en el mismo tramo de la escalinata, con la misma enigmática expresión de filósofo del siglo diecinueve. Como era habitual, colocaba frente a ella su paltillo de porcelana de Sérves pero no pedía nada a los viandantes. Tampoco tocaba quena ni violín, o sea que no desafinaba brutalmente como los otros mendigos de la zona.
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A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.
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Curiosamente, los billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.
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MARIO BENEDETTI
Tomado de "La vida ese paréntesis", capítulo "Del faro y otras sombras"

DERECHOS RESERVADOS

Cambalache

Que el mundo fue y será una porqueriá, ya lo sé . . .
En el quiniento seis y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublé.

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Pero que el siglo veinte
es un despliegue de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos . . .
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Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor . . .
ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador.
Todo es igual.
Nada es mejor.
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.
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Qué falta de respeto.
qué atropello a la razón.
Cualquiera es un señor.
Cualquiera es un ladrón.
Mezclao con Stravinsky va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín.
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Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón.
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Siglo veinte cambalache
problemático y febril.
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
Dale nomás! Dale que va!
Qué allá en el horno nos vamo a encontrar.
No pienses más,
sentate a un lao.
Que a nadie importa si naciste honrao.
Es lo mismo el que labura noche y día como un buey
que el que vive de los otros,
que el que mata,
que el que cura,
o está fuera de la ley.
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Enrique Santos Discépo

DERECHOS RESERVADOS

Cuento de amor

Cuento de amor Una mujer y un hombre
se alojan uno en otro
como ojal y botón.

Homero Aridjis