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11/05/2006
Querer
Para Amy, a un año...El calor es agotador. Busco un poco de agua derramada en el asfalto. No encuentro nada.
Cruzar las calles es realmente peligroso. Casi nunca reflexiono sobre esto, pero una vez que un camión está a punto de atropellarte te vuelves más precavido.
Ahora cambia el clima. Eso siempre sucede en esta ciudad. El viento se enmaraña en todos los cuerpos complicando su avance. El mío no es la excepción. Siento la fuerza de Eolo luchando contra mí, aunque yo siempre gano.
Un par de gotas tintinean sobre mi cabeza. Debo encontrar un lugar dónde cobijarme. Debajo de los arcos, cruzando la plaza, parece que es un buen sitio. A paso veloz llego a mi temporal morada.
Esto se llama suerte. Pollo. Viene dentro de una caja, misma que abro rápidamente. Vieras que encontrar dos piezas enteras de pollo no es nada fácil. Las como rápidamente. El hambre de días me atormentaba.
El día de hoy no me fue tan mal. Tal vez mañana me adopte alguna persona, incluso alguna familia. Quizá me llamen con algún nombre, hace tanto que perdí mi identidad. Necesito un baño y alimentarme diariamente; también dormir en un lugar tranquilo. Deseo sentir el abrazo caluroso de una persona. Quiero saberme querido. Pero, quién va a querer a un pobre y viejo vagabundo.
Gato Pícaro
Imágen tomada de: www.redesescarlata.org/ be/index.php?m=200511
18/05/2005
Vida de ladrillos

Para Amy
Papá se acercó poniéndose en cuclillas y me dijo lo siguiente:
—La vida, Amy, es como una casita formada de ladrillos. Pero quiero que sepas que esos ladrillos no son iguales, cada uno está hecho de diferente materia y con forma distinta. Ahí tienes que hay ladrillos hechos de amor y unión sexual para los cimientos, para que uno nazca.
Interrumpió para darme un vaso de agua acompañado de una aspirina y continuó:
—Otros ladrillos son los que conforman el suelo. Sin ellos no tendrías un apoyo para poder mantenerte de pie aún en momentos tan difíciles como éste. Además, te permiten caminar y desarrollar cada uno de tus sentidos.
Distintos son los que componen las habitaciones. Formados por recuerdos, anécdotas, accidentes. Algunos llevan alegría, inmensa alegría. Aún así los hay también con tanta amargura. Imagina cada uno de los ladrillos. Mientras más grande sea la casa, más ladrillos serán necesarios y eso significa que esa vida tendrá más riqueza en emociones y experiencias, por lo que la casa aumentará su plusvalía.
Yo seguía llorando. Papá sacó su pañuelo para secar mis lágrimas al tiempo que decía:
—Y los más importantes, a mi juicio, los del techo. Esos ladrillos son los que más me gustan. Están hechos con materia estelar. Unos brillan con más intensidad que otros, haciendo del cielo una cobija de colores. A veces crujen por las noches con un ruidito casi imperceptible. Si prestas mucha atención escucharás a cada uno de los ladrillos contándote historias de lejanos lugares del universo.
Cada vez más ladrillos se integran a esa vida... —y al decirlo se entrecortó su habla y sus ojos se llenaron de lágrimas— hasta que tarde o temprano llega el representante de la Dirección de Obras Públicas. Te dice que no tienes permiso de construcción y por lo tanto tendrán que tirar la casa. Tu te haces de palabras con él. Alegas que nadie te dijo que estaba prohibido edificar. Pero a él no le importa si tu casa es grande o pequeña, si estás iniciando la construcción o estás a punto de terminarla; de igual manera dice que no se autoriza levantar en un predio que no es tuyo. Si tienes oportunidad te metes a juicio; pero eso sólo es alargar la agonía porque a todos, inevitablemente, les echan abajo su piso, sus muros y su techo para dar paso a la muerte.
Terminó de hablarme y se levantó para atender a otros dolientes. Había intentado explicármelo de forma sencilla pero ni la muerte de mi madre pudo quitarle a papá los años de idealizar todas las cosas como ingeniero burócrata al servicio del estado.
Gato Pícaro ©DERECHOS RESERVADOS
Martes, 03 de Mayo de 2005.
13:00
12/05/2005
Click
Para TitaMi sonrisa permanente. Mi sin igual forma de estar parado. Tarde soleada. Poca gente concurriendo por las calles. Así es todo desde aquella vez.
Preguntas si me parece bien aquí y yo sólo asiento con mi cabeza. Ordenas que me pare por allá y que sonría. —Más a la derecha, poquito menos; un paso atrás, no inclines tanto la cabeza. Espera, ahí estás bien. No te muevas.— De saber lo que ocurriría no te lo hubiera permitido, pero sonriendo y parado junto a los jardines de Bellas Artes presionas el botoncito de la cámara y al oír click me ausento del mundo, dejo de ser yo para convertirme en fotografía.
© Gato Pícaro 07/02/2005
Derechos Reservados
Imagen tomada de Fotografía en Binario
13/02/2005
La tarea del cuento
LA TAREA DEL CUENTO
Para Mireya, deseando termine su tarea.
O beata sanitas!
Escribir, ¿para qué? La realidad es que no sé redactar y las ideas no palpitan para comenzar un cuento.
Mi vida ocurre entre anestésicos, antisépticos, barbitúricos, batas blancas, camillas, análisis de laboratorio y un inmenso etcétera de lo que encuentras en un hospital. No comprendo de dónde se le ocurre a la doctora que esto me puede ayudar.
Termino exhausta de largas sesiones con otros médicos y de terribles consultas que se alargan hasta la caída del sol. Apenas da tiempo de convivir con otros de tus compañeros, de simpatizar con algún doctor atractivo y de platicar con las enfermeras sobre aquellas trivialidades del día. Y eso que apenas es mi tercer semestre; nunca supuse que al ingresar aquí las cosas no fueran del todo agradables y menos aún que tuviera que hacer tantos esfuerzos.
Sabrás que la doctora no es la única persona que pide cosas. El día de hoy, por ejemplo, estuve en una habitación donde un personaje con bata blanca exponía el por qué es importante que el paciente siga su tratamiento de principio a fin. No sé que importancia tiene lo anterior, pero el entrar a esa aula y escuchar la charla conlleva a que yo tenga que entregar un resumen de la misma. Así, ¿cómo quieren que me concentre? Además, mañana tengo un examen y, por lo que comentan varios compañeros que ya lo presentaron, no será nada fácil darle gusto a los médicos aplicantes para ser aprobada. Me gustaría que fuera lo único en que tuviera que pensar.
Bueno, iré a escribir mi cuento para entregárselo a la doctora. Ella es buena. Dice que si termino mi ficción y cumplo con las demás tareas tomará en consideración mi avance. Desde la última vez que cumplí con todo, incluyendo dejar de azotarme, me quitó la camisa de fuerza y permite mi visita a otros que, como yo, esperan volver a casa y ver de nueva cuenta a su familia.
Besos para ti y papá.
Mirena
Gato Pícaro © DERECHOS RESERVADOS
22/09/2004
Necesito ser artista
Necesito ser artistapara tener el don
de crear la perfección
Necesito ser escritor
para plasmar pensamientos
de sangre en papel
Necesito ser pintor
para dibujar tu cuerpo
con mi pincel lengua
Necesito ser escultor
para moldear tu silueta
con mis espátulas manos
Necesito ser músico
para ejecutar tu melodía
con mi latiente corazón
Necesito ser danzante
para bailar tus movimientos
con mis rítmicos besos
Necesito ser cantante
para interpretar la armonía
con seductor silencio
Necesito ser actor
para expresar tu alma
con ataviante mímica
Necesito ser cineasta
para capturar tus ojos
con mis tristezas y mis gozos
Necesito ser poeta
para versar tus palabras
entre amor y dolor
Necesito ser Dios
para ser el inventor
de tí, de tanto amor
© Gato Pícaro 10/09/2004 13:50
DERECHOS RESERVADOS
Imágen tomada de: The National Gallery, London "The Toilet of Venus" DERECHOS RESERVADOS
28/08/2004
El Amasijo
(a Licha)Amasaba aquella sustancia con ambas manos. Me era muy difícil darle la consistencia requerida así como fue difícil fabricarla. Mis movimientos creaban cansancio pero seguían ejecutándose como una máquina.
Sorpresivamente, entraste tú en aquella habitación, te paraste a mi lado y miraste a tu alrededor con incredulidad hasta que tus ojos se posaron en mi obra maestra.
—¡Mira nada más como tienes este cuchitril!— dijiste en voz alta —¿Qué voy a hacer contigo? A ver, hazte a un lado, inútil—
Y sin decir más, me empujaste de la mesa donde hacía mi monótono y programado trabajo; te pusiste tu delantal lleno de sangre seca y tiraste mi amasijo en la basura. Tomaste un poco de esto y aquello y comenzaste a revolverlo para darle forma.
En un dos por tres la nueva masa estaba lista. Agarraste mi cabeza y le abriste la tapa. —Cuidadito y vuelves a perder tu cerebro— amenazabas molesta al tiempo que lo colocabas en su lugar. Sellaste mi cráneo y salí contento de esta enésima ocasión.
Gato Pícaro 27/08/2004 13:00
© DERECHOS RESERVADOS
21/08/2004
Anda
Logremos lo que todos:
Matar este
Amor
Anda,
Logremos lo que nadie:
Multiplicar este
Amor
Gato Pícaro
18/08/2004
Miserable vida
MISERABLE VIDA (o cómo no me conformo)La cucaracha va subiendo por la pared, lenta y silenciosamente.
Christina la observa desde su cama, en donde se queda recostada.
—¿Cómo será la vida de una cucaracha? ¿Pensará acaso? ¿Qué problemas tendrá?— Todo esto se pregunta Christina sin perder de vista al pequeño animal.
Medita, esperando encontrar respuesta a sus preguntas; la verdad es que debe hacer un esfuerzo para volverse cucaracha y pensar como ella. Con tanto que analizar, termina convencida de que la vida de una cucaracha es mejor.
—No tienes que preocuparte por ir a la escuela; no tienes que trabajar; lo mejor de todo es que no tienes novio, por lo que no tienes problemas—
Y Christina fija su mirada en el insecto mas no lo ve. Sus ojos contemplan su pasado, que ella juraría que es tan deprimente, y crece la idea de lo paradisíaco que es ser una cucaracha.
—No pleitos, no sufrimientos ¡Debí nacer cucaracha! Claro está que nadie habla bien de ellas, pero eso que les importa. ¡Miserable vida! Debí nacer cucaracha—
Y lentamente regresa de sus pensamientos para seguir al bichito.
La cucaracha va subiendo por la pared, lenta y silenciosamente.
Y silenciosos también son sus pensamientos, que no le quitan un ojo de encima a Christina.
—¿Por qué no nací humano? No tendría que comer sobras; no viviría con el temor de ser aplastada. Creo que viviría más y mejor, sin arrastrarme por las paredes y escondiéndome al primer destello de luz. Y todo ese poder que tienen, ¡¿se imaginan!? ¡Debí nacer humano! Miserable vida—
Y así, la cucaracha va subiendo por la pared, lenta y silenciosamente.
17 de marzo de 2004, 23:43
GATO PÍCARO
DERECHOS RESERVADOS
09/08/2004
Desperté
lamiendo mis heridas,
cosiendo mis cortadas
y, ya en aquellas condiciones dadas,
volví a las andadas.
Consolado, caminé...
Gato Pícaro
DERECHOS RESERVADOS
05/08/2004
Neoangelus
“...volando, tan alto... que a punto de entrar en el jardín del Edén,fundido su vuelo por tu derramado sol,
cae, como el ángel exterminado,
al mar de los naufragios”
L. E. Aute
Luna llena. Faltaban aún unos minutos para el amanecer cuando sentí las piernas bañadas por las olas del mar. Me encontraba boca abajo y lleno de arena. Tenía arena en mis labios y en la boca, llenaba en mi paladar la saliva salada.
Tardé unos instantes en darme cuenta que estaba vivo; vivo de verdad, pues cada vez que hacía algún movimiento con los dedos o alzaba la respiración o escuchaba el latir de mi corazón se excitaban mis sentidos al percibir que no había muerto.
Intenté incorporarme y lo único que lograba era arrastrarme en contra del mar, luchando a cada brazada por llegar a un lugar más estable.
El dolor, ¡me partía el dolor! Naciente signo de vida. Dolor, ¡oh, dolor! Desde la piel hasta el alma. No era para menos, caer de esa altura pudo haberme matado y en lugar de eso me encontraba lleno de daños pero vivo.
Conseguí ponerme de rodillas; al hacerlo escupí sangre proveniente de mi garganta. Ante mí se apareció un paisaje de manglares, árboles y un altozano al fondo y a mis espaldas quedaba el mar que rompía ola a ola como el compás de la música más celestial. Llegué a gatas a una estela que se hallaba bajo un árbol y me instalé a descansar.
Desperté al medio día. El sol no podía alcanzarme en el lugar donde me encontraba; mejor así, porque no quería que ninguna de sus centellas se acercara a darme una tibia caricia la cual traería a mi tantos pensamientos, sentimientos a los que no deseaba enfrentarme.
Decidí tomar el resto de la tarde para dormir. Aún necesitaba recuperar fuerzas antes de realizar cualquier acción.
Tiempo después abrí mis ojos y alcancé a distinguir el último esbozo que pinta el sol en el firmamento. Resolví que era hora de ponerme de pie.
En un inicio, el pararme no fue cosa fácil, pero pudo más mi perseverancia para que después de una decena de intentos pudiera lograrlo. Cuando alcancé ponerme de pie mi percepción del entorno se volvió diferente. La necesidad de saber si tenía alguna compañía me llevó a caminar toda la costa de lo que después supe es una pequeña isla. Anduve de manera lenta y quejosa. Llamé por todas partes y no obtuve ninguna respuesta, por lo que no tengo la seguridad de haber estado solo o de que nadie atendía mis suplicas. Este fue el preludio de un vacío anímico.
Comenzaron a hacerse evidentes las heridas de mi cuerpo. No tenía en cuenta lo quemado que me encontraba después de toda aquella travesía y, peor aún, la hecatombe sufrida en mi corazón. Al contemplar el horror y la vasta soledad, las fuerzas que guardaba se desvanecieron entendiendo que mi cuerpo era el que se había levantado pero mi esencia no lo había conseguido. Las lágrimas corrieron desesperadas por encontrarse con mis mejillas y en aquel instante quería desaparecer del universo; con esta idea empecé a hundirme en el pantano de la tristeza.
Entre sollozos y lamentos se me aparecía la imagen de la muerte que a cada segundo se hizo más grande. La muerte, pensaba yo, terminaría con sufrimientos y decepciones. Ésta comenzó a llamarme y yo vagaba hacia ella. Ya no tenía nada que perder después del engaño de la criatura amada. Caminaba hacia ninguna parte buscando caer en sus brazos.
Súbitamente sentí como algo se posó en mi mano. Me detuve funestamente y bajé la mirada para poder contemplar lo que tomaba mi extremidad: ¡una mariposa!, una mariposa blanca con alas tan hermosas, parecidas al celofán. La imperceptible veleta me conducía con sus diminutas alas hacia el calmante que me desviaría de la muerte. Ese calmante llegó en forma de agua salada, agua de mar para ser precisos. La mariposa me soltó y voló hacia el mar.
Al hundirme en esa masa de agua comencé a mitigar los malestares de mi piel y el gemido de mi espíritu. La luna iluminaba con luz tenue y consoladora aquel piélago de lágrimas. El conjunto de ambos creó el mejor bálsamo que nunca haya existido, porque el mar no es otra cosa que una infinidad de lágrimas dispuestas a cobijar a todo aquel que clame un poquito de comprensión y la luna es una canica que esparce luz hipnotizante para crear un albor de pasiones, traspasando cada una de las membranas corpóreas. Las llagas de las quemaduras comenzaron a desaparecer dejando cicatrices pero la ruptura de mi corazón no sanaba del todo.
Después de mantenerme algunos minutos con la cabeza a flote, tomé mi cuerpo y salí del agua. Me senté en la playa mirando al horizonte bañado por luz de luna. Intentaba pensar en cómo iba a salir de aquel lugar pero el miedo no dejaba que mi mente ideara algún plan, provocando que la desesperación se conjugara con mi estado, aunque esta vez no me sentía perdido.
Asombrosamente vi que la minúscula mariposa revoloteaba sobre mí. Nuevamente la pequeña velita me llamó con ese imperceptible sonido que creaba al volar tan frágil y tan liviana; esta vez se dirigía hacia el manglar y, siguiéndola, también me adentré a él.
Perdí a la mariposa al entrar al manglar. Andar no me fue nada fácil porque todo el miedo concentrado no me permitía ver por donde caminaba. Nacían en mi intenciones de claudicar pero en ese instante llegó una idea a mi mente y me dispuse a recoger materiales diversos, entre los que se encontraban hojas, ramas, ceras, pastas salinas y hálitos de brisa.
Al terminar de reunir lo necesario, me dispuse a salir pero las ramas y las rocas pretendían detener mis pasos a lo cuál yo respondí con lucha y forcejeos, rompiendo y destruyendo aquellos miedos. Salí triunfante de esta batalla, llegando a la costa y reencontrándome con la mariposa.
Solté todo lo que llevaba a cuestas, me senté en la arena y presurosamente me puse a trabajar.
¡Mi idea no podía fallar! Ya lo había intentado anteriormente, sabía que no podía fracasar. Esta vez mi proyecto no sería detenido por nada, en esta ocasión pondría el doble de empeño en la construcción y en el perfeccionamiento de mi artefacto y no permitiría que mi hondo corazón se tomara la libertad de enamorarse de un sueño. Lo tenía decidido: este instante se hizo para volar, no para mantenerme inmóvil.
La noche fue muriendo hasta que los vientos anunciaron que faltaba poco tiempo para que apareciera el amanecer. Tenía que darme prisa para llegar a mi propósito antes de que esto sucediera. Aún evitaba enfrentarme a tantos recuerdos y a tanta frustración, sin embargo en algún momento tendría que dar la cara y el resto de mi cuerpo a esos malestares. Sabía que, cuando llegara la hora, sería tormentoso viajar hasta el centro de mi pensamiento para tomar una a una las flores sembradas por un amor que no me correspondía para después echarlas al vacío del olvido con ayuda de mi mariposa, ser que no me había abandonado en todo el tiempo en que la noche nos abrigó con su manto estelar.
A pesar de todas mis oposiciones, el despunte del alba llegó y mi existir comenzó a vibrar al ver llegar la luz del día.
Conforme iban rozando los rayos del sol mi piel, los recuerdos hacían mezcla con el insoportable sufrimiento. Pensar que horas antes había alcanzado acariciarlo, después de haberme enamorado con su resplandor, mas no esperaba de ninguna forma que llegara la desilusión a causa de su traición, la traición de ese sol tan envolvente y tan... delicioso.
Buena advertencia había hecho mi progenitor acerca de aproximarme al astro pero mi contención fue nula al sentir todo el calor que emanaba el áureo ser. En el instante en que volaba hacia él me sentía tan feliz y tan lleno de equilibrio que todo lo demás quedaba en el abandono; revoloteaba por los aires como un niño que recibe un obsequio acompañado de abrazos y alientos.
No podía creerlo, ¡allí estaba yo!, donde ningún mortal había podido llegar, donde yo era el ser que había volado tan alto, donde nada ni nadie logró batir sus alas, donde la fusión de su calor vertido en mi cuerpo se volvían una sola danza edénica, donde el Olimpo deslumbraba con sus refulgentes manjares convertidos en promesas, donde el tiempo quedaba plasmado con toques de eternidad, donde tus palabras de amor llegaron a mi credo, donde tu me ofrecías tus muslos ardientes, donde tu incendiante abrazo me despellejaba, donde tu candente sexo latía empapado de vicisitudes solares, donde consumirnos en orgasmos alimentaba el fuego de las células, donde estallar haciendo el amor...
Me hizo caer. Fulminado hacia el mar, inesperadamente quedé sin sustento, agitando brazos sin alas, sacudiendo con desesperación el cuerpo, buscando algo o alguien de quien sostenerme, haciendo hasta lo imposible por permanecer volando y poder continuar soñando, mas todo se realizó en vano. Seguía cayendo y nada me detenía. Gritaba, desgarraba las nubes con mis gritos a la vez que cerraba mis ojos que no podían aguantar mirar hacia aquella estrella cegadora, sol que se alejaba con gran velocidad, sol impasible al cual no le importaban mis sueños y ofrendas, sueños que sufrieron un exterminio cruel.
Se apagó la luz; el agua invadió mi entorno y se apagó la luz.
Desperté más tarde para observar la luna redonda y color de leche mientras la saliva quedaba llenita de arena.
Las horas van pasando y se llevan aquellos recuerdos. El viento ha secado mis lágrimas. Pronto me remontaré a nuevos sitios en compañía de mi mariposa luna, mi mariposa mar; aún y cuando el sol me observe desde tan lejos sin decirme una sola palabra, volaré con la esperanza de renacer en un nuevo ser, sin importar si mi vuelo se efectúa con alas prestadas como éstas que estoy construyendo o si algún día obtendré las propias haciéndome un nuevo ángel. El sol se encuentra en plenitud y nuevamente empapa de fuego mi piel. Con una sonrisa levanto mi rostro y grito: —¡No te necesito! Me llevo la satisfacción de saber que pude besar tus rayos y nunca me la arrebatarás. ¿Qué harás ahora para intentar perderme?—
¡Sol, no me pierdes; sol, yo te pierdo!
Emanuel Leal Febrero de 2004
DERECHOS RESERVADOS
04/08/2004
Princesa, dónde estas?
(Para Psique)Princesa, ¿dónde estás? Te he estado buscando en todos los cuentos que he pasado.
Primero fui a un lugar con siete hombrecillos que custodiaban el cuerpo de una mujer. Intenté acercarme pero me impidieron el paso. —¡Dejadme verla!— dije y mostré mis credenciales. Se rieron de mí y seguían impidiéndome el paso. Me mantuve recto aún ante las burlas y volví a ordenar que me dejaran pasar. Después de mucho discutir con un tipo gruñón, éste dio la orden para que viera a la princesa; aquella estaba en una cajita de cristal y llevaba una manzana en la mano. Desilusionado vi que no tenía alas y pregunté su nombre. –Se llama Blanca Nieves- dijeron los hombrecillos.
Era una señorita, efectivamente, de piel tan blanca como la nieve. Parecía como si estuviera muerta pero a su vez esperando ser despertada. En ese estado de completa ternura no pude contener los deseos de besarla y así lo hice.
Para sorpresa de todos, la princesa despertó y me dio las gracias. Inmediatamente habló de boda, de hijos, de casa y de otras tantas cosas que no quise enterarme porque tome mi caballo y salí a todo galope.
Partí a otras letras y me detuve junto a las afueras de un castillo donde se hallaba un hombre sentado en unas escaleras, llorando. —¿Qué sucede, buen señor?— dije para saber como ayudarlo. Él únicamente alzó su rostro para mirarme de arriba abajo y lanzó una mirada con desdén.
—Vasallo, he aquí una zapatilla que ha olvidado la mujer de la que estoy enamorado y no sé dónde encontrarla— dijo, al momento que alzaba una zapatilla fabricada con el cristal más fino concebido en el mundo.
—Yo puedo encontrarla, — respondí al aristócrata —pero debo llevarme la zapatilla para comprobar que a la mujer que le quede sea una princesa, porque sólo una de ellas es digna de usted, mi señor—
—Un tunante como tú se daría a la fuga con una exquisitez como ésta— refiriéndose a la zapatilla —sin embargo, ordenaré que uno de mis guardias te acompañe y, de encontrar a la joven, serás recompensado—
—Agradezco su nobleza, seguro encontraré a la princesa— dije y me tomé el camino al pueblo junto con el guardia.
La verdad esperaba que la señorita en cuestión fueses tú, por lo que supuse que te encontraría en la plaza oyendo a los músicos, así como te gusta.
Llegué a la población pero no te divisé por la gran cantidad de gente que iba y venía. Se me ocurrió la idea de llamarte y procedí de la siguiente manera:
—Señoritas— levanté mi voz parado en un cajón de naranjas— quien quiera que sea la dueña de esta zapatilla será recompensada por el príncipe, sin embargo, ésta deberá quedarle a la perfección para comprobar su propiedad— y al momento de pronunciar lo anterior se acercaron cientos de jóvenes mujeres hacia mí. Una a una fue calzándose la zapatilla pero ninguna de ellas eras tú; me disponía a partir porque todas habían pasado, hasta que al final una bella doncella que llevaba una canasta con víveres se acercó y preguntó si podía probarse el objeto de cristal. Claro que sí, contesté. Al hacerlo, éste le quedó a la perfección y, triste por no encontrarte, la llevé con el príncipe y ella se emocionó de volver a verlo. Yo recibí mi recompensa en oro y me fui en vísperas de la boda planeada.
Cansado de pasar por tantas páginas, me destiné al mar para tomar unas vacaciones de mi búsqueda. Antes de llegar al mismo, me topé con una multitud de guerreros que tenían custodiada una ciudad amurallada.
—El señor sea con usted— pronuncié a uno de ellos —¿Qué es lo que sucede aquí?—.
—Sostenemos una guerra con los troyanos a causa del rapto de la hermosísima esposa de Menealo, nuestro rey, por parte del infame Paris—.
Supuse que ya te había encontrado. ¡En qué problema se metió!, pensé. El inconveniente ahora era rescatarte y aconsejé a uno de los hombres, llamado Ulises, que entraran a la ciudad bajo algún engaño.
—Sí, y ¿qué se te ocurre?— contestó con burla —Porque supongo que con esa facha no has de tener buenas ideas—
—No lo sé, hagan un regalo gigante con madera y entréguenselo a los troyanos, en él introduce a tus mejores hombres y cuando menos se lo esperen salen para emboscarlos— comenté con emoción.
—Pues...— dijo él —¿qué te parece un caballo gigante con ruedas en la plataforma?— y sin esperar a que yo replicara algo, ordenó la construcción del artilugio y, ya terminado, se ofreció como dádiva al enemigo.
Todo sucedió como lo planeé y la batalla culminó con el triunfo de mi bando; claro, no eras tu la princesa en cuestión; nadie me dio el crédito, resulta que la princesa se llama Helena y también sucede que llevaban diez años en conflicto. Todo por no preguntar antes. Ni modo, qué se le va a hacer.
De nueva cuenta monté mi caballo y troté hacia el mar. Estando allí me encontré con una princesa que es sirena, pero a esta no le pregunté nada porque se alejó de mí con descortesía, yo creo que fue porque en vez de alas de mariposa tenía cola de pez.
Compré unas bermudas, una camisa y sandalias y, además, un libro para sentarme debajo de una palmera. Abrí el libro y me encontré con una princesa que durmió mal a causa de un guisante que se encontraba debajo de sus cuarenta colchones y, al leer esta parte, grité:
—¡Ahora sí te encontré!— y volví a la montura de mi potro y partí a tierras lejanas para localizarte. Creo que esa debes ser tú porque únicamente una princesa de tu estirpe puede sentir un guisante en su espalda como si fuera una gran piedra, reflexioné.
Llevo varios días de una palabra a otra, de una frase corta a una larga, de un cuento a una novela y de un texto al siguiente libro. Nada. Aún no te encuentro y no soy muy bien recibido en todos lados por mi apariencia picaresca. No sé si nos veremos algún día, pero estoy seguro de que la esperanza y las historias de princesas mueren al último.
Princesa, ¿dónde estás? Te he estado buscando en todos los cuentos que he pasado y repasado.
Espero hallarte pronto.
Gato Pícaro
Imágen tomada de Mujer mariposa
DERECHOS RESERVADOS
18/07/2004
Hablando de calidad...
PRODUCTOS DE CALIDAD—Sí, miren, señores pasajeros. Productos de calidad pone y lanza a la venta. Es el nuevo disco. Disco compacto con las más hermosas melodías del mundo...—
—Melodía hermosa aquella de Ravel, ¿cómo se llama?— pensó Martín al escuchar la ronca voz que se acercaba desde el inicio del vagón.
—...Disco que lleva por título “Lo mejor de la música clásica”. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta...—
—¡Chingada madre! ¿Cómo se titula la melodía? Si sí me acuerdo de ella: tan tara ra, tara tara tara tan tara ra... Si le gustaba mucho a Lorenza.—
—...Contiene temas como son: Himno a la Alegría de Betoben,...—
—¿Cómo se llamaba? Pues si con esa hicimos el amor como tres veces.—
—...el Lago de los Cisnes de Chaicoski,...—
—Bueno, en realidad cada que había grabadora en mano, antes de que la mía se comiera la cinta del cassette.—
—...Nocturno de Chopan,...—
—Creo que también sonaba el día en que casi nos cacha su mamá, cuando estábamos en la sala cogiendo y la señora bajó las escaleras...—
—...el Vals de las Olas...—
—...y afortunadamente se fue para la cocina y Lorenza alcanzó a subirse el pantalón. ¡Qué susto!—
—...las Cuatro Estaciones de Bivaldi,...—
—¡Ah! ¡Cómo no me acuerdo! Si está buena pa’l sexo. Bueno, con calentura cualquier cosa está bien, mientras no interrumpa...—
—...sinfonía 40 de Mozart,...—
—¡Uta! Llegando a la casa voy a buscar la cajita del cassette para saber como se llama.—
—...el Bolero de Ravel...—
—¡Esa! ¡Esa es! El Bolero. Po’s no podía faltar. Si esa sí es música.—
—...entre otras más. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta.—
—A ver, ¿cuánto traigo? Pues hoy me la chuto caminando y me lo compro.—
—Es el bonito regalo, bonito detalle. Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta.—
—¡Dame uno!— le dice Martín al vendedor.
—Son diez pesos—
—Órale, gracias— contesta Martín al pagar el disco.
—Diez pesos le vale, diez pesos le cuesta...— grita el mercader que se aleja lentamente.
—Próxima estación: Balderas. Correspondencia con línea uno— se oye una voz apagada, salida de las bocinas del vagón. Se detiene el tren y el vendedor se baja.
—La que sigue ya es Juárez— pensó Martín —Mejor me levanto para llegar a la puerta.—
Al bajar del tren, Martín camina las escaleras con toda la disposición de atravesar los torniquetes. Llegando al exterior se dirige a toda prisa a su casa. Tarda unos treinta minutos, pero eso no le importa. Él únicamente tiene el pensamiento puesto en agradable melodía, que incluso va tarareando.
Abre el portón de la vecindad. Corre a su vivienda, atropellando a su mamá que tendía unas sábanas.
—¡Qué burro! Siquiera saluda— grita su madre al ver que Martín se aleja.
—Perdón, traigo prisa— contesta él.
Entra en el único cuarto que hay y enciende la grabadora. Coloca el disco en la charola de ésta y la cierra.
—¡Ora sí! Tan tara ra, tara tara tara tan tara ra... ¡Qué emoción!—
En la pantalla de la grabadora no aparece nada. Por más que Martín lo intenta, el disco no arranca. Lo saca y se detiene a ver que no lleva nada grabado. El enojo hace presencia al verse timado.
—¡Pendejo!— grita— Esto no sirve. Y yo tan emocionado. Pero, ¿qué querías por pinches diez pesos? ¿Producto de calidad?—
26/02/2004
12:52
DERECHOS RESERVADOS





