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17/08/2006
Foro Militar de Israel

*** Dirección enviada a mi Lista de Correos por Rodrigo Portela Sánchez, cuyo texto de acompañamiento me permito reproducir aquí:
(digo «hola»).
Siguiendo un enlace al final de uno de los últimos mensajes recibidos de Juan Blanco en esta lista, llegué a la página web de una lista de correo de contenido antimilitarista y, fisgando entre los últimos mensajes de la misma, me encontré un enlace a esta página:
http://israelmilitary.net/showthread.php?t=13
Es una colección de fotos de mujeres, unas cuantas jóvenes y «de buen ver», enroladas en el ejército de Israel, fotos enviadas a un foro del propio ejército. He estado viendo varias páginas de ese hilo de mensajes en el foro, por curiosidad (y por orientación sexual, qué pasa), y se me han ocurrido varios comentarios. Dejando a un lado los que no tienen mayor interés o profundidad (similares aparecen expresados y concebidos de una forma entiendo que más irrespetuosa o «cavernícola» en respuestas a ese foro del tipo «¿dónde se apunta uno para entrar al ejército de Israel?», «en EE. UU. —o Dinamarca— no tenemos chicas tan guapas en el ejército, me entran ganas de servir a Israel», o «ahora entiendo que los israelíes estén dispuestos a ir a la guerra»), se me ocurren otras reflexiones más profundas sobre por qué están esas chicas (y todos los demás miembros del ejército, o de los ejércitos) donde están y, en este caso, en esa franja de edad en la que es evidente que están unas cuantas (creo haber visto en alguna de las respuestas del foro, y que alguien me comentó una vez algo así como despedida, que las mujeres en Israel comienzan un servicio militar obligatorio de dos años a los dieciocho, tendría que comprobarlo), en esa franja de edad en la que, en vez de descubrir la vida, descubren la muerte a diario en esa zona del mundo en la que les ha tocado nacer y lavarse el cerebro, con la guerra como rutina, con las armas como herramientas de su quehacer cotidiano, con el nacionalismo y el odio como alimentos. Parecen felices en ese mundo, y eso es quizá lo que más pena me da de todo: ver caras sonrientes de chicas de dieciocho años armadas y con indumentaria militar impuesta asumida como normal. Si a alguna foto (como esta) le quitamos las armas y el letrerito de abajo, bien podríamos situar la escena en otro contexto bien distinto, y que no me movería a escribir un mensaje como este. Pero las armas están en una perversa sintonía contextual. Y si de alguna otra foto (como esta otra) no tuviera ninguna información contextual, no la vería más que como la captación de una escena entrañable por una parte y, por otra, como un reflejo de la tradicional perspectiva de protección masculina de la mujer, de una mujer que, no sabiendo que es del ejército, no creo que inspirase ningún temor especial, que quizás inspirase sentimientos más bien opuestos.
Se habla a veces de los niños que combaten en guerras, pero no de los jóvenes (y mayores) a los que se les presenta la muerte ajena como forma de vida en medio de una absurda cadena de violencia de difícil ruptura con una pretendida justificación política, ideológica, comunitaria, nacional. Se habla a veces (tampoco tanto...) de aquellos a quienes se les arrebata la infancia, pero no veo que se hable de aquellos a quienes se les arrebata la transición de la adolescencia a la edad adulta, con todo lo que ese período implica de replanteamientos vitales que, en un contexto erróneo como este, prefiero no pensar a qué conclusiones llevarán.
Pero importa lo que importa, y hay que ver cuánto tienen que aprender de motivación e incentivos quienes hacen aquí a veces anuncios para convencer de lo buenas que son las pacíficas fuerzas armadas. Y hay que ver qué moderno es el ejército de Israel, cuánta mujer, cuánta paridad, cuánta juventud, cuánta modernez: cuánta estupidez, el militarismo asumido.
No sé si objetivamente esas fotos moverán a determinadas reflexiones o si influye especialmente la combinación de las horas que son ya cuando escribo esto con el recuerdo de una historia personal de una... relación bastante extraña que tuve con alguien de esas tierras, siempre santas y siempre llenas de sangre y odio, a quien no llegué a conocer en persona y con quien desde hace varios años no tengo ningún contacto, y por quien desde entonces nunca puedo sentirme un observador frío y ajeno (¿se puede ya?) cada vez que oigo hablar de Israel, de Palestina, del hebreo, de los judíos, de tierras elegidas y elecciones mortales, y me temo que en mucho tiempo no podré (si es que alguna vez puedo) oír determinadas expresiones o noticias sin que se me vengan a la cabeza —aunque sea de una forma muy vaga, breve e indolora— recuerdos.
Tiene narices que el saludo normal en hebreo signifique «paz». Cuánto llenarse la boca de paz sin sentido y cuánto llenarse las armas de paradojas.
Rodrigo,
reflexionando en horas muy malas de temas no mejores (hacía tiempo que no desvariaba en esta lista)...
18/07/2006
10/07/2006
¿Qué clase de amor era el suyo?

Quisiera olvidar sus palabras, acostumbrarme a que no eran más que eso: palabras, juegos del aire. Pero no puedo dejar de pensar en lo que María Elena solía decirme cuando estábamos a solas, luego de hacer el amor, ella descansando entre mis brazos, tibia y húmeda como un mar de flores amarillas:
-Te amo. Te amo de una manera transparente, como si nosotros hubiéramos inventado el amor. Mientras tú me ames yo haré de la vida un lugar para amarte y estaré junto a ti. Y aún si no me amas, te amaría igual. Este amor que siento por ti me hace capaz de vencer cualquier cosa, porque no deseo sino estar viva para amarte. Algún día Dios sentirá envidia de cómo te amo.
El día que le dije a mi madre, entre tazas de té y rodajas de pan casero con manteca y mermelada de higo, que estaba decidido a casarme con María Elena, se puso muy mal. El corazón pareció acelerársele hasta lo imposible. Respiraba mal, se ahogaba. Nunca la había visto así. Temí que se muriera. Me dijo que no le parecía justo que después de cuarenta años de haberme educado, de haberme dado todo, de haberme cuidado como a un ángel, yo decidiera darle mi amor a una desconocida que quien sabe si me amaba lo suficiente. Le respondí que hacía ya tres años que conocía a María Elena y traté de mostrarle que ella realmente me amaba. Mi madre argumentó que tres años no eran nada contra todo el tiempo que ella había estado al lado mío, haciendo siempre de madre y de padre para mí.
Supongo que tenía razón. Llegué a pensar que era un traidor, un mal hijo. Pero no podía dejar de sentir que mi destino estaba junto a María Elena. Lo había sentido así desde la primera vez que entré a una tienda para comprar un hilo azul y ella me atendió con esos ojos brillantes e inquietos y esa sonrisa deliciosa que siempre tuvo. Así fue como después -hasta que luego de meses de juntar valor y desesperación la esperé a la salida del trabajo para invitarla a tomar un café- volví una y otra vez a comprar cosas innecesarias que escondía debajo de las tablas del piso de mi cama. No me atrevía a dárselas a mi madre porque me regañaría por malgastar el dinero. Tampoco me atrevía a tirarlas porque eran cosas que habían sido tocadas por sus manos. A veces sacaba un alfiler o un elástico y me los pegaba con cinta adhesiva debajo de la ropa, para sentir que la tenía cerca de mí. El día que le hice a mi madre la confesión de que uniría mi vida a la de María Elena, llevaba un botón naranja pegado sobre uno de mis brazos.
Mi madre no quería entender razones. Al final, ya convencida de lo irreversible de mi decisión, me pidió que invitara a cenar a María Elena y si ella comprobaba que el amor de esa muchacha era tan fuerte como decía, entonces ella no se opondría. Acepté. En primer lugar porque a María Elena le encantaba cómo cocinaba mi madre. En segundo lugar, porque para quien observara a María Elena, para quien la escuchara, era imposible no darse cuenta que realmente me amaba con un amor a toda prueba.
Esa noche, tras un breve aperitivo, mi madre sirvió una sopa de queso roquefort y cebolla, que era mi preferida. El plato principal era uno a base de papa, queso, nueces y damascos, que era el preferido de María Elena. La sopa estaba deliciosa. A María Elena también le pareció lo mismo. Pero a la tercer cucharada su cabeza cayó sobre el plato, salpicando todo a su alrededor. Me asusté. Miré a mi madre y se sonreía con esa sonrisa que solía usar para decir, sin hablar, que ella tenía la razón. Levanté la cabeza de María Elena y me di cuenta que pesaba mucho. Miré nuevamente a mi madre y continuaba sonriendo. Dejé caer la cara de María Elena entre la sopa. Le toqué el cuello buscándole algún latido, pero era obvio que estaba muerta.
Me molesta tener que admitirlo, pero mi madre tenía razón. El amor que María Elena tenía por mí no era tan fuerte como decía. Ni siquiera le sirvió para soportar un poco de veneno en la sopa.
Gonzalo Hernández Sanjorge
04/07/2006
El fin del mundo

Las hormigas regresaban al hormiguero después de un día de trabajo. Las gotas regresaban a la nube después de espiar a las hormigas.
Las hormigas no sabían que, mientras ellas dormían, en las nubes se planeaba el fin del mundo.
A las ocho de la mañana del día siguiente el cielo caería sobre el hormiguero.
Pac-man a la mexicana
Acabo de ver un video llamado "Pac-man a la mexicana". Es buenísimo.
14/03/2005
Abrí los ojos
la mujer coja me hacia desear estallar en histeria
perder la conciencia, combustión espontánea
Leer de nuevo el guión, aprender del tramoyista.
No se puede.
La vida es un escenario y nosotros simples actores- dice un ingles loco
nadie me llamo al ensayo, no leí mi parte me dije al punto
aprendí de la vida rezando a san Pablo, entre oscuridad y botellas vacías
aprendí de la vida a tenerla y perderla en un segundo.
Entre Arte Banal y Haikus sin sonido
entre sangre de toro y pan enmohecido
entre costras marrones y cicatrices
entre tubérculos, entre maleza, entre raíces.
Entre madre y hermanas, padre y maestro
entre blancas sabanas y mullidas plumas
entre hijos de hombre y manos asesinas
conocí el frió de tus alas divinas.
Cruz Traicionera que quemaste mis plantas.
mataste a mis hijos, mataste mis sueños
me hiciste hombre, soldado, Jornalero
perdí la inocencia, me hice embustero.
entre carne molida, sal y canela
entre rasos de luna y sombras de vela
comercio con vida, con fe, con pasiones
y desinflo igual, hígados y corazones.
pero soy tu victima, oscuridad amada
mi obra completa se vuelve ceniza
mi sueño, mi gloria, mis letras, mis sones
mis ojos, mi boca, todas mis razones.
soy tu victima, amada inerte.
soy tu eterno amante, tu enamorado
a este mundo vació he desahuciado.
y todo por ti mi amada....
mi oscuridad....
....mi nerezza....
.......... mi muerte................
Iccaronycteris
26/01/2005
De las perversidades
Contigo gozaré de la perversidad
que encierra la tierra,
ávida concuspiscencia que atraviesa
nuestra mirada,
en una tórrida tarde de verano,
una exaltada catalepsia
me llevó a tus brazos,
dos torres de marfil unidas
por un presagio,
redoblo mi esfuerzo y llego
con denuedo a tu boca donde
nacen miles de sueños.
¡Cómo me encantaría desnudarte!
Sin tener que arrancar tu ropaje,
sin tener que destrozarte,
sin tener que descoyuntar
cada uno de tus miembros.
Z.E.
© DERECHOS RESERVADOS
Zapatos
Nunca pensé que los zapatos hablaran demasiado.En estos instantes que estoy en el suelo (literalmente), observo como todos se mueven, golpean el suelo, cambian de lugar, un pie arriba y otro abajo. Todos están en movimiento.
Mas, observo las caras, dueñas de los zapatos y son inmutables; cara largas, despistadas, soñolientas. Algún comentario se escapa por allí, pero no trasciende el lenguaje.
Entonces, prefiero volver a ver los zapatos más coloridos y diferentes. Aquí hay un par de tenis azules; allá un par de zapatillas abiertas negras; acá unos zapatos cafés, tipo choclo; hasta el fondo unos zapatos de tacón rojo.
Largos, cortos, cerrados, semiabiertos, abiertos; con agujetas, con cierres; de piel, tela, plástico; acompañados de calcetines o medias.
Y éstos, junto con los pies, hablan del aburrimiento y las ansias, nos llevan a donde quieren y, siempre son los más prestos a levantarse o, sólo son los primeros que te ponen de pie.
Renné Montagno © DERECHOS RESERVADOS
Imágen tomada de Facultad de Arquitectura. Universidad de la República Uruguay
31/08/2004
Recepción de los años desde la distancia
Toda la espesura se cierra sobre ti,
devorada, maldecida,
mal dicha está tu noche.
¿Dónde están tus pies
que corrieron desnudos
naufragando en el espanto?
Al amparo de desolados aromas
año tras año en un tiempo
oportuno acariciaremos edades
Por lo pronto me confío
al ser atado
(alado o amado
quizá quise decir)
Eric Leunam
© DERECHOS RESERVADOS
20/08/2004
La mendiga
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A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.
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Curiosamente, los billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.
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MARIO BENEDETTI
Tomado de "La vida ese paréntesis", capítulo "Del faro y otras sombras"
DERECHOS RESERVADOS
11/08/2004
Cambalache
En el quiniento seis y en el dos mil también.
Que siempre ha habido chorros,
maquiavelos y estafaos,
contentos y amargaos,
varones y dublé.
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Pero que el siglo veinte
es un despliegue de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue.
Vivimos revolcaos en un merengue
y en el mismo lodo
todos manoseaos . . .
>
Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor . . .
ignorante, sabio, chorro, generoso o estafador.
Todo es igual.
Nada es mejor.
Lo mismo un burro que un gran profesor.
No hay aplazaos ni escalafón,
los inmorales nos han igualao.
Si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición,
da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón.
>
Qué falta de respeto.
qué atropello a la razón.
Cualquiera es un señor.
Cualquiera es un ladrón.
Mezclao con Stravinsky va Don Bosco y La Mignon,
Don Chicho y Napoleón,
Carnera y San Martín.
>
Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches se ha mezclao la vida
y herida por un sable sin remache ves llorar la Biblia contra un calefón.
>
Siglo veinte cambalache
problemático y febril.
El que no llora no mama
y el que no afana es un gil.
Dale nomás! Dale que va!
Qué allá en el horno nos vamo a encontrar.
No pienses más,
sentate a un lao.
Que a nadie importa si naciste honrao.
Es lo mismo el que labura noche y día como un buey
que el que vive de los otros,
que el que mata,
que el que cura,
o está fuera de la ley.
>
Enrique Santos Discépo
DERECHOS RESERVADOS
25/07/2004
Cuento de amor
Una mujer y un hombrese alojan uno en otro
como ojal y botón.
Homero Aridjis





